miércoles 11 de mayo de 2011

HA MUERTO EL LEJÍAS

Mi ciudad es un pueblo. Una de las cosas que lo demuestra es que tiene personajes típicos. Tenemos el tonto, el pobre, la puta y el borracho. De todos estos perfiles no hay sólo uno. Pero sí que hemos perdido al borracho más importante. Ha muerto "El Lejías". Poco se sabe más allá de que falleció a lo 78 años el pasado 25 de abril. Estuvo en el tanatorio donde se rezaron unas exequias y se le enterró en el cementerio.

La primera vez que reparé en Luis Vázquez Núñez fue un verano. Yo me quedaba muchos días en casa de mis abuelos. Ellos se iban a hablar al balcón mientras yo veía el Un, Dos, Tres. De repente, bien entrada la noche, alguien llamó a la puerta, haciendo sonar el timbre insistentemente, y luego aporreando y gritando. Mi abuelo cerró la puerta del salón donde yo estaba, y fue a comprobar qué pasaba. Allí estaba el Lejías, estaba discutiendo con los vecinos. había pedido para comer. Él esperaba dinero para luego poder destinarlo a beber. Pero mis vecinos le dieron un bocadillo, y el respondió tirándole el mechero a la cabeza a mi vecino y causándole una herida en la frente.

A partir de entonces, me daba miedo ese señor que estaba siempre en la plaza. Temprano, estaba tranquilo. Pero conforme pasaba el día y el alcohol por el coleto, la cosa empeoraba. Recuerdo incluso que alguna vez, mientras jugábamos, hablábamos con él. Nos enseñó una vez su carnet de la Peña Alegría Laurentina, que enseñaba con orgullo. Tenía el carnet número 1 de la Peña. Y nos contaba cosas de cuando fue legionario, y enseñaba sus tatuajes.

Pero entonces al Lejías, se le conocía por otro nombre, el de Lejarreta. Porque le gustaba mucho el ciclismo, y solía llevar una gorra como el conocido deportista. Oía la vuelta y el tour en la ser, en un transistor que le solía acompañar siempre. Años más tarde, era frecuente verle los veranos con la equipación de Escartín.

Pasados los años, su alcoholismo se le llevó por delante una pierna. Y a pesar de tener sólo una pierna y dos muletas, fue capaz de asustarme de nuevo siendo yo ya una jovenzana... quien compartió conmigo aquel momento sabe de lo que le hablo... y no voy a dar más detalles... Y no vamos a hablar de la gran pérdida que va a ser para la ciudad el perder los delicados piropos que soltaba, que crecían en ser soeces según bebía.

El Lejías tenía familia en la ciudad, que estaba harta de su vida. El Lejías cobraba un buen sueldo de ex legionario que se pulía en alcohol en pocos días. El Lejías tenía permanentemente hueco en el Refugio municipal, pero no siempre iba. Y cuando lo hacía, nadie quería dormir con él, por el olor, la suciedad y la conflictividad. Corrió varias veces el bulo de que había muerto, una de ellas, después de un hecho que según quien te lo cuente va desde un accidente hasta una paliza.

En todos los medios de comunicación de la ciudad-pueblo en los que he trabajado he propuesto hacerle una entrevista. Nunca me lo permitieron.

Dice una amiga mía que cree que le gustaba irse a sentar a la esquina de la entrada del parque porque allí está el Gobierno militar, y quizá se acordaba de algún momento que fue bueno para él. Lo que es seguro es que ahora él descansa, y muchos, en la ciudad que en el fondo es un pueblo, sienten tu pérdida. Señores alcohólicos, el papel de borracho queda libre.