
Hay personas marcadas por alguna circunstancia de la vida. Pero en el caso de Mariano Constante, la vida le dio unas cuantas palizas nada más para empezar. Lo conocí hace unos siete u ocho años, cuando estaba promocionando un libro con su historia. Quizá preveía su final y también que el ser humano es muy dado a olvidar, y sólo tenía los libros al alcance de su mano para evitar que pase desapercibido lo que él y otros miles sufrieron.
Mariano Constante, nació en Monegros, en Capdesaso, pero enseguida se fue a la zona de Ayerbe. Su padre era maestro y tenía que ir allí donde le designaba el ministerio. En esa época en la que uno adquiere conciencia de la posición que representa en el mundo, se dio cuenta que era el hijo de un maestro, entre una gran cuadrilla de niños pobres, hijos de agricultores y de trabajadores de las eléctricas de la zona de Anzánigo, y luego de Sabiñánigo. Su padre, por las noches, daba clases de alfabetización a los adultos, y allí descubrió los conceptos de salario, pobreza, sindicalismo. Vivió las revueltas de los trabajadores cuando les echaban de sus empresas en una república que sin saberlo se dirigía hacia una triste guerra civil. En ese momento, Mariano se alista en las Juventudes Socialistas, y luego va voluntario a la guerra, porque era demasiado crío para luchar y para otras muchas cosas. Tenía 16 años.
Sufrió la guerra civil luchando por lo que él creía. Tres años de combate hasta que pasa a Francia. Allí va de un campo de concentración a otro hasta que finalmente, también Francia cae en otra guerra: la segunda guerra mundial. Después de luchar un tiempo del lado francés, es hecho prisionero y es enviado al campo de concentración- exterminio de Mathausen.
Era absolutamente escalofriante escuchar el detalle de sus recuerdos. Los tenía tan frescos en su memoria que los podías sentir. Veías en el fondo de sus ojos el esfuerzo de subir aquellas escaleras, la lucha por mantenerse vivos y dignos durante todos aquellos años, la relación con los compañeros españoles, las picardías, el sufrimiento, el hambre, el frío, el maltrato, la muerte constante rodeándoles en cada segundo de aquellos años que pasaron allí.
Mariano Constante decía que aún soñaba que estaba dentro del campo, que a pesar de haber pasado varias décadas, seguía sobresaltándose en medio de la noche, pensando que seguía en aquel camastro dentro de los barracones.
Consiguió sobrevivir, le liberaron, pidió apoyo al partido comunista que le orientó en sus primeros a la vida. No volvió a España. Se asentó en Francia y luego, cuando murió Franco, sus visitas fueron esporádicas.
Me llamó tanto la atención su historia como que fuera incapaz de salir de ella. Mariano Constante vivía marcado por todos estos fuertes palos que le dio la vida. Una investigadora me advirtió que en los últimos años no había que fiarse, que hablaba de sucesos nuevos en los que antes nunca había dicho que hubiera participado, erraba en fechas…pero eso es lo de menos. Un hombre que vivió lo que vivió Mariano Constante puede permitirse a los ochenta y tantos tener algún error o alguna fantasía.
Hemos sabido de su muerte dos semanas después de que ocurriera. Se ha ido sin hacer ruido.
Cuando volvemos a casa escuchando el mp3, pensando en nuestros problemas del día; cuando estamos en casa con la calefacción mirando el correo electrónico; cuando nos planteamos si esta vida que llevamos colma nuestras expectativas, deberíamos pensar por un segundo en aquella generación que lo dio todo pensando en un mundo mejor (aunque no tengo muy claro si era éste). Y que aunque se ha muerto esta biblioteca andante, ese testimonio de la barbarie, hay algo que le debemos: no olvidar.
Mariano Constante, nació en Monegros, en Capdesaso, pero enseguida se fue a la zona de Ayerbe. Su padre era maestro y tenía que ir allí donde le designaba el ministerio. En esa época en la que uno adquiere conciencia de la posición que representa en el mundo, se dio cuenta que era el hijo de un maestro, entre una gran cuadrilla de niños pobres, hijos de agricultores y de trabajadores de las eléctricas de la zona de Anzánigo, y luego de Sabiñánigo. Su padre, por las noches, daba clases de alfabetización a los adultos, y allí descubrió los conceptos de salario, pobreza, sindicalismo. Vivió las revueltas de los trabajadores cuando les echaban de sus empresas en una república que sin saberlo se dirigía hacia una triste guerra civil. En ese momento, Mariano se alista en las Juventudes Socialistas, y luego va voluntario a la guerra, porque era demasiado crío para luchar y para otras muchas cosas. Tenía 16 años.
Sufrió la guerra civil luchando por lo que él creía. Tres años de combate hasta que pasa a Francia. Allí va de un campo de concentración a otro hasta que finalmente, también Francia cae en otra guerra: la segunda guerra mundial. Después de luchar un tiempo del lado francés, es hecho prisionero y es enviado al campo de concentración- exterminio de Mathausen.
Era absolutamente escalofriante escuchar el detalle de sus recuerdos. Los tenía tan frescos en su memoria que los podías sentir. Veías en el fondo de sus ojos el esfuerzo de subir aquellas escaleras, la lucha por mantenerse vivos y dignos durante todos aquellos años, la relación con los compañeros españoles, las picardías, el sufrimiento, el hambre, el frío, el maltrato, la muerte constante rodeándoles en cada segundo de aquellos años que pasaron allí.
Mariano Constante decía que aún soñaba que estaba dentro del campo, que a pesar de haber pasado varias décadas, seguía sobresaltándose en medio de la noche, pensando que seguía en aquel camastro dentro de los barracones.
Consiguió sobrevivir, le liberaron, pidió apoyo al partido comunista que le orientó en sus primeros a la vida. No volvió a España. Se asentó en Francia y luego, cuando murió Franco, sus visitas fueron esporádicas.
Me llamó tanto la atención su historia como que fuera incapaz de salir de ella. Mariano Constante vivía marcado por todos estos fuertes palos que le dio la vida. Una investigadora me advirtió que en los últimos años no había que fiarse, que hablaba de sucesos nuevos en los que antes nunca había dicho que hubiera participado, erraba en fechas…pero eso es lo de menos. Un hombre que vivió lo que vivió Mariano Constante puede permitirse a los ochenta y tantos tener algún error o alguna fantasía.
Hemos sabido de su muerte dos semanas después de que ocurriera. Se ha ido sin hacer ruido.
Cuando volvemos a casa escuchando el mp3, pensando en nuestros problemas del día; cuando estamos en casa con la calefacción mirando el correo electrónico; cuando nos planteamos si esta vida que llevamos colma nuestras expectativas, deberíamos pensar por un segundo en aquella generación que lo dio todo pensando en un mundo mejor (aunque no tengo muy claro si era éste). Y que aunque se ha muerto esta biblioteca andante, ese testimonio de la barbarie, hay algo que le debemos: no olvidar.





